Gabriel Payares

By | June 29, 2014 at 1:12 am | No comments | Narrativa

Gabriel Payares (Londres, 1982). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar. Ganador del Concurso de Autores Inéditos 2008 de Monte Ávila Editores con el libro de cuentos Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila Editores, 2009), textos suyos están contenidos en las antologías Tiempos de ciudad (Fundación para la Cultura Urbana, 2010), Nuevas rutas. Jóvenes escritores latinoamericanos (Coedición Latinoamericana, 2010), Antología sin fin. Novísimo cuento venezolano (Escuela Literaria del Sur, 2012) y De qué va el cuento. Antología de cuentos venezolanos 2001-2012 (Alfaguara, 2013). Ha sido merecedor de diversos galardones nacionales como cuentista: 5ta y 7ma ediciones del Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (1er lugar en 2011 y 2do lugar en 2013), así como del 66º Concurso de Cuentos de El Nacional en 2011. Ese mismo año fue escogido como parte de los escritores menores de 40 años ganadores de las Becas de Escritura Creativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura 2011 (en el marco del convenio Cuba-Venezuela). En 2013 ganó el primer lugar en la mención narrativa del Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt. Es autor también del libro de relatos Hotel (Punto Cero, 2012) y ha colaborado con numerosas publicaciones académicas y literarias, tanto impresas como digitales, dentro y fuera del país.

 

Los herederos

Para mi abuelo Jesús

Al final, Papá terminó quedándose ciego. Solía decirnos con resignación que ya había visto mucho en esta vida, que ya había usado sus ojos más de lo que le correspondía; y eso era algo que ninguno se atrevía a refutarle. Preferíamos dejarlo justificar su mirada anémica como un justo castigo a sus excesos, sobre todo en los días en que más le dolía su ceguera, esos en que más rabioso se ponía. Guillermo y yo, sin mediar más que una mirada rápida, nos limitábamos a escucharlo y a asentir con una especie de murmullo compartido.

Durante esos primeros tiempos, nos turnábamos para atenderlo, lo que equivale a decir, para soportarlo. Estar con Papá era luchar con él, era aguantar sus constantes demostraciones de independencia, que solían terminar derramando el café sobre la mesa, discando el número equivocado o abriendo el agua fría en lugar de la caliente. Por eso procurábamos permanecer a su lado hasta dejarlo dormido, o si no, al menos hasta ya bien entrada la madrugada. Papá nunca estuvo de acuerdo con eso. A menudo, y con aire soberbio, nos daba lecciones sobre lo inútil que podía llegar a ser la vista, y sobre lo innecesaria de nuestra ayuda en su apartamento milimétricamente memorizado tras tantos años habitándolo. A Guillermo, recuerdo, lo amenazó una noche con darle una paliza –“como muchas veces hice, cuando sólo eras un cagatintas”– si no le cedía de una vez el control del televisor. Después tendría que pedirle ayuda, al no poder distinguir los números verdes en la pantalla. Su ceguera daba lugar a episodios graciosísimos, y con frecuencia nos reíamos juntos de él: en silencio para no ofenderlo, o a carcajadas cuando nos encontrábamos a solas. Lidiar con Papá se hacía mucho más llevadero teniendo a alguien con quien comentar estos asuntos, con quien convertirlos en burla. Sobre todo si ese alguien era mi hermano, siempre dispuesto a ver las cosas de otra manera. Nosotros éramos sus ojos. Papá lo había dicho alguna vez.

Pero un día, arrastrado por las oportunidades, Guillermo recogió sus cosas y planificó su vida en el extranjero, persiguiendo títulos y diplomados y dejándonos a Papá y a mí en una isla desierta. El día en que me lo dijo, no supe qué responder. Prometió enviarme dinero, prometió venir en vacaciones y llamar con frecuencia. Al final sólo le dije que se cuidara. No recuerdo si Papá le dijo algo. Y es que en aquellos días se peleaban muy a menudo. Discutían por niñerías y luego pasaban horas sin hablarse; horas que habrían sido días, de no haber estado Papá como estaba. Recuerdo una pelea particularmente encarnizada, que giró en torno al máximo exponente del Jazz. Ya ni recuerdo los nombres, pero sí recuerdo que la disputa terminó en silencio, como todas, y en un aire hostil que les debió haber acompañado toda la noche. El caso es que la beca de Guillermo representó una suerte de liberación –“como la de un esclavo rompiendo sus cadenas”, dijo–, que Papá no tardó en empañar con grandes bocanadas de culpa. Le reclamó la prontitud de su viaje, lo desordenada de su vida, lo abandonado que él quedaría. Pero fue inútil. Guillermo se defendió con un abanico de promesas, escudándose siempre detrás de mi presencia; tal y como solía hacerlo de niño cuando Papá le prometía la correa.

Así, a las pocas semanas llevé a Guillermo al aeropuerto. Papá no quiso acompañarnos. No sé si lo hizo por soberbia, o porque no quería que viéramos sus ojos blancos llorar. Simplemente dijo que eso era demasiado lejos, como si lo hubiésemos invitado a dar una caminata. Guillermo, entre molesto y resignado, estuvo a punto de irse en taxi al aeropuerto, para no dejar solo a Papá. Y es que al final no hubo manera de convencerlo. Sólo yo vi a mi hermano abordar su avión sin escalas a Madrid.

Fue entonces que a mí, después de varios años habitando el otro extremo de la ciudad, se me ocurrió que Papá tendría que irse a vivir conmigo. Era lo más práctico, por no decir la única opción, ahora que Guillermo no estaba para relevarme. Pero como era de esperarse, Papá no quiso. Alegó lo de siempre: que tenía su apartamento memorizado –aunque vivía amoratado por los frecuentes golpes con la punta de la mesa–, que en mi casa hacían demasiado ruido los vecinos o, incluso, que allí tenía siempre una buena vista. Insistí hasta el cansancio, sin obtener resultado alguno; Papá era una piedra con cuyo peso no podía yo solo. Ni siquiera las llamadas de Guillermo aconsejándole la mudanza –llamadas que yo mismo le solicité– pudieron convencerle de lo conveniente de mi plan. El punto final en aquel debate ocurrió, tras días de insistencia, cuando Papá propuso con toda firmeza que si era mucho joder el que lo visitara, que olvidáramos de una vez que teníamos padre y nos fuéramos ambos al carajo. “Ya me las apañaré yo solo”, fueron sus palabras exactas.

Fue entonces cuando me ofrecí a mudarme con él. No podía dejarlo solo, y no pensaba atravesar diariamente la ciudad para verlo. El tráfico no me lo permitiría. Para mi despecho, Papá fue mucho más receptivo con esa idea; una que no representaba un cambio fácil, después de todo lo que me había costado mi precaria independencia. Pero me ahorraré esos detalles.

Contaré, más bien, que Papá había sido periodista. Había dedicado su vida entera a la fotografía, a la áspera acumulación de periódicos, y a convencerse de que su labor era de alguna manera histórica e importante. Todo ese pasado, húmedo y apestoso, se apilaba ahora en el pequeño cuarto de estudios que Papá mantenía cerrado, quizás reconociendo lo desabrida que resultaba la prensa añeja para sus ojos blancos. El polvo y el comején, de hecho, eran los únicos que parecían tener algún interés en los kilómetros de papel amontonado en ese cuarto; ni siquiera nosotros, muchachos medianamente curiosos, nos habíamos molestado alguna vez en desvelar el pasado profesional de Papá. Para nosotros, ése era sólo un cuarto lleno de basura.

El dilema, no obstante, es que no había otro disponible, así que fue obligatoria la remodelación. En contra de la voluntad de Papá, derribé y recogí torres enormes de papel periódico amarillento, carpetas interminablemente amontonadas y rotuladas en rojo, y muebles adormilados por el paso de los años, acostumbrados ya a la densa capa de polvo que los recubría. Papá me escuchaba hacer, con aire resignado y rostro marchito. Supongo que para él aquello era similar a los saqueos de tumbas.

En tres rápidas noches, había reordenado el cuarto lo suficiente como para instalarme allí de manera provisional. El plan era pasar algunas noches con Papá, contando siempre con mi refugio, mi apartamento, cuando la paciencia ya no resistiera más embates. Era un buen plan, a pesar de que el polvo me hacía tupir la nariz en la madrugada y de que Papá no aceptó deshacerse sino de un tercio –cuando mucho– de los muebles que tenía apilados. Es decir, que contaba yo con un espacio bastante limitado para vivir, lo que me hacía sentir como una especie de inquilino empobrecido. Los primeros días, Papá pareció contento de tener a alguien con quien hablar y discutir, alguien que le dijera el color de las cosas. Alguien a quien explicar constantemente lo justo e inevitable de su ceguera, después de haber usado tanto y tan maravillosamente sus ojos. Yo sencillamente me esforcé por estar siempre de acuerdo.

Creo haber dicho que Papá nunca entraba a su estudio. Ni Papá, ni nadie. Pero no hubo pasado una semana de mi apresurada invasión, cuando unas ganas misteriosas –es decir, caprichosas– le hicieron dirigir sus pasos hacia mi cuarto. Tuve que acostumbrarme a la idea de hallarlo allí dentro, sentado sobre mi cama improvisada, con algún pergamino amarillento sobre las rodillas; o de pie, junto al aparatoso estante, recorriendo los lomos de sus libros con la punta de los dedos. Apenas me sentía llegar se detenía, hacía dos veces un amago de pregunta, y luego se marchaba del cuarto en completo silencio. Guillermo, a quien mantuve siempre al tanto del estado de salud de Papá –a través de correos electrónicos que él en raras ocasiones llegaba a contestar– insistía en que el viejo lo hacía por puro molestar, por hacer notoria su presencia. Pero lo que en un principio había sido un mero capricho, terminó convirtiéndose en un gesto repetitivo de melancolía y finalmente en una angustiosa costumbre. La frecuencia de estas visitas incrementó tanto con el paso de los días, que comenzaron a resultarme agobiantes, y prácticamente tenía que obligarme a volver a su casa al salir de la oficina.

Cierto día le pregunté, en un tono que no admitía reproches, qué era lo que buscaba con tanta insistencia. Él pareció haber estado esperando la pregunta. Tenía entre sus manos un sobre enorme y carcomido en las esquinas, del cual brotaron, vertiéndose sobre las sábanas, siete u ocho fotografías en blanco y negro. Ante mi súbito silencio, Papá me pidió que viera aquellas fotos y le dijera cuáles eran. A sus ojos, aquellos cuadritos de cartón eran portadores de significados ocultos, de memorias antiguas y dulces nostalgias que revivir, ahora tristemente inaccesibles para él. A los míos, en cambio, eran una tonta y dispersa colección de imágenes viejas. Pero yo nunca he sido bueno para esas cosas. Le dije que eran varias, y le expliqué lo que mostraban: un hombre levantando las manos en señal de rendición; un niño blanquísimo con un dedo metido en la nariz; una chica morena de espaldas y con un bikini rojo; una pared repleta de graffitis; un caballo con una pata vendada; una mujer vestida tan sólo con un abrigo de piel. Pasé los recuadros de papel por mis manos uno a uno, con velocidad desdeñosa y voz monocorde –“rezando una oración sin fe”, me dijo Guillermo al contarle, amigo como es de las frases ingeniosas– hasta que una de sus manos callosas detuvo las mías con violencia –“¡No, coño, así no!”–, haciendo un gesto de enfado que era casi un puchero infantil. Y es que Papá era así. Irascible, pero ridículo en su rabia. Yo le respondí, no sin cierto rencor, si quería que le escribiera un poema de cada una. Su única respuesta fue que no había forma en que un hijo suyo fuese tan estúpido. Después de eso, abandonó en silencio la habitación.

Aún no sé por qué dediqué, esa misma noche, al menos una hora a juguetear con las dichosas fotografías. Dándoles la vuelta, descubrí la letra hormigueante de Papá marcando cada una con lo que podía ser un título: “Quijote”, “Victoria”, “Guanche”, “Godiva”, “Sísifo”; cada foto con su rótulo respectivo, inmerso en un código que obviamente no me correspondía a mí descifrar. Estaba seguro de que eran fotografías de mi padre –es decir, que las había tomado él– pero a qué erudito concepto referían, o a qué significado oculto hacían sus nombres alusión, no es algo que yo pudiera, o pueda aún responder. Tras mucho hojearlas, se me ocurrió que Guillermo probablemente habría tenido algo más interesante que decirle, de haber estado él en mi lugar. Seguro que habría cautivado a Papá con alguna profunda reflexión a partir de una pata de caballo, un niño sacándose los mocos o una morena en bikini. Yo no tengo ese don, de ver las cosas como parte de un catálogo de palabras; para mí las cosas terminan en sí mismas. Es por eso que no entendía a Papá, ni su afán por recordar sus viejas fotos, o por revolver sus diarios caducos y cubiertos de polvo. Para mí, la ceguera de Papá terminaba en sus ojos. Para él, comenzaba en los míos.

Al día siguiente, tomé el sobre con las fotos y me lo llevé bajo el brazo. De camino a la oficina se lo envié a Guillermo por correo, incluyéndole una nota aparte –para no profanar el arte de Papá con mi puño y letra– en la que contaba el episodio de la noche anterior y le pedía su opinión al respecto. No me atreví a decírselo a Papá, quien afortunadamente no mencionó de nuevo sus fotografías; era como si las supiese perdidas en mis manos. De cualquier forma, sé que habría preferido dárselas a Guillermo; él al menos sabría qué hacer con ellas. Serían su herencia. A mí, en cambio, me dejaría su ceguera, junto al periódico podrido y apilado por doquier. Para mí serían las cosas concretas. Las que no duran.

Al principio fue un gran alivio que Papá no pareciese extrañar sus fotografías. Ni esas, ni otras. Más bien, como ejerciéndose un castigo a sí mismo, suspendió sus visitas a mi habitación y sentenció a un terco mutismo las lecturas que, cada tres o cuatro días, le hacía de las pocas cartas de Guillermo. El viejo, con cierto talante ofendido, fue ignorando selectivamente mis preguntas y mis comentarios sobre mi hermano, tratando de extenderles su ceguera por encima. Como queriendo ocultar a Guillermo debajo de un manto negro, y jugando como los magos a desaparecerlo, me lo fue arrebatando poco a poco de la boca. Cualquiera habría pensado que se encontraba muy molesto con mi hermano, o conmigo, o que intentaba demostrarme de una manera cortés lo pesadas que le resultaban mis lecturas. A mí me pareció que tal vez no tenía nada en absoluto que contestar: Guillermo, al igual que las cartas, o que sus fotografías, se encontraban ya completamente fuera de su alcance, y mi lectura y mis opiniones parecían nada más recordárselo, restregándole su ceguera (y con ella supongo que mi estupidez) en los oídos.

No tardó en llegar el día en que desayunamos sin dirigirnos una sola palabra. Más allá de un asentimiento o de un gesto de fastidio, Papá ni siquiera se percató de mi presencia: los sermones matutinos y las quejas de rigor resonaron esa vez sólo en mi cabeza. Me pregunté si estaría enfermo, o deprimido, o si habría algo que pudiese hacer para animarlo. Incluso me pregunté si extrañaría poder observar sus propias fotos, sin necesitar de un torpe lazarillo como yo. Ese mismo día llegué a la oficina en completo silencio, como contagiado por aquel extraño mutismo, y le escribí a Guillermo casi de inmediato transmitiéndole mi nueva preocupación. Su respuesta, que llegó con inesperada prontitud, decía que la ceguera de Papá se había tragado también nuestras palabras. Y ya. Semejante explicación parecía bastarle, pues no mencionó más el asunto en su mensaje. Me envió en cambio un par de fotografías de Granada, su nueva ciudad: fotografías que ya no valía la pena describir a Papá, y que deseché al instante de mi correo electrónico. Pocas veces me había sentido yo tan culpable, como al momento de cerrar con un suspiro la ventanita del buzón de correo. Pensé que yo también le arrebataba la vista a Papá, al negarle mis ojos para ver dos o tres fotografías de mi hermano en el extranjero. Me sorprendió ese gesto mezquino, vengativo, especie de sentencia para alguien que ya está más que condenado. Esa noche me fui temprano a mi apartamento, y le expliqué a Papá por teléfono que tenía mucho trabajo y que pasaría la noche en ello. “Vale, ya yo veré”, respondió con parquedad. No sé bien a qué se refería, ni traté de preguntárselo. Pero esa misma noche tomé la decisión de volver cuanto antes a vivir en mi apartamento. Y al contrario de lo esperado, no obtuve de él un sólo reproche al decírselo unos días después. No se mostró ni triste ni contento. Quizás sencillamente nunca me vio salir.

Así, la noche en que Papá murió no estuvo nadie a su lado. No sé si eso sea bueno o no, ni sé si él lo hubiese preferido así. Guillermo tampoco lo sabe. Al principio pensé que era mi culpa, que debí haber estado allí cuando él muriera, escondido como estaba detrás de su propia ceguera, y que debí sujetarle la mano y decirle que todo iría bien, que no tuviese miedo, o algo por el estilo. Pero tampoco soy bueno en esas cosas. El punto es que no nos fue posible; tanto mi hermano como yo nos enteramos un día después de su muerte: yo, porque al llegar de visita hallé a Papá tendido boca arriba sobre su cama; y él, porque al día siguiente le escribí un correo electrónico desde mi oficina. Ninguno de los dos vio venir el infarto a tiempo. Ninguno lo visitó antes de que muriera, o lo vio por última vez para despedirse. La ceguera de Papá terminaba realmente en nosotros.

Guillermo llegó de España dos días después, cuando sólo esperábamos por él para llevar a cabo el entierro. Las fotos, me dijo, aún no le habían llegado.

Fotografía: Lisbet Salas