Oswaldo Flores

By | May 7, 2015 at 2:36 am | No comments | Poesía

Oswaldo Flores Cumarin. Caracas, Venezuela (1985). Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Ha participado en talleres de poesía en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y MonteÁvila Editores. Fue conductor y asistente de producción del programa radial Habitantes de la palabra, producido por Estrella Gomes y la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de creación poética en la misma institución y se dedica a la escritura.

Del libro inédito Puente Hilarante

 

Las palabras son el único puente que tenemos para salvar, en parte, la maldición de la distancia

Raúl Zurita

I

Yo soy el pájaro cuando digo el inverso del viento que mira la puerta abierta de la jaula
-sin canto aún-
Yo soy la mesa pobre sobre las migajas y no lo inverso de codos modos sobre la mesa
Basta el cielo para tener hambre en la hendija de los ojos
Las sietes puertas del cuerpo miro desde la jaula, pájaro inverso del viento; yo que sopla la ventana
Ella mira como una octava puerta la sombra de lo propio o el oprobio de estar sentado como un punto impronunciable sobre las rodillas del tiempo
esa ventana también es ojo de lo que soy mientras me mira y yo miro
mirar nunca es vano, venga de donde venga
aún si del mismo ojo recóndito del que he venido y al que vuelvo entre las piernas de otra
y las piernas ¿qué son? sino el camino, la huella de vuelta al abandono de mí
el hogar sin centro, la periferia en círculo
y todo esto
sin sombra
yo mismo mas anochecido
ahogado en plena puerta de lo otro

 

II

El mundo es una imagen invertida
La vuelco de sentido para que se haga fija dentro
La hoja en blanco está detrás de los ojos
El horizonte cruza los oídos
mi mano es apenas pluma abandonada de algún vuelo
el dedo que hilo sobre lo trenzado es el lindero azul que escribe
el rostro una polvareda
los pasos son monedas en graneo
la lengua es el cuerpo del hablar sin huesos que ama
mis labios ya ni el beso son,
                             sí lo cóncavo del viento
                             por donde va entraña la figura
eso que soy yo mismo acurrucado.

 

III

En el abdomen está la huella del primer paso

                            los tiempos en que fui augurio
He perdido aquellas piernas
Las dejé en el adentro de donde vengo.

 

IV

no ser el silencio nunca
sino su grito

como una llama sola
escupiendo fuera el fuego
eso que va quedando después

pero no el humo
ni la ceniza

el espíritu de lo que quema.

 

V

-Esto es la caverna-

el alma de todo que es el ritmo, el cuerpo de todo que es la música
la huella de todo que es el cuerpo mil veces sobre otro
la resonancia irrenunciable, escrita en tacto débil.

 

VI

epitafio

Como aquel hombre que descansa en huesos
junto a huesos de aquellos otros hombres solos
muertos solos
                    aunque juntos en singulada osamenta

como un mil de cuerpos -uno-
bajo la tierra
pero muertos uno a uno solos

así aquí
ando yo.

 

VII

la ciudad no es una sola
es uno solamente, sí, la ciudad
la ciudad es de las mariposas amarillas
del vaho
de la araña, del cien pies, no lo ves?
es una quimera toda, una toda rota quimera
nadie explica la ciudad que es una sola
su nombre es tan largo como impronunciable
la ciudad es un carácter -una vez dijo Carlos-
y la ciudad es eso, puras mentiras tuyas ¿hablé bien?

la ciudad es este otro detrás de mí

es esto otro desbordándose, pero sí que soy yo
solamente
tan solamente que solo
muy solo
sólo
         la ciudad
(repítelo suavecito)
soy
yo.