Raúl Quinto y la belleza como principio de lo terrible por Sara Castelar

By | November 20, 2013 at 5:53 am | No comments | Recomendaciones

Raúl Quinto nació en Cartagena, Región de Murcia, España, en 1978. Vivió hasta la adolescencia en Carboneras, se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Granada, donde fue parte activa del ambiente literario de principios de siglo. Ha publicado varios libros de poemas: Grietas (2002; reeditado junto a Poemas del Cabo de Gata, 2007), La piel del vigilante (2005), La flor de la tortura (2008) y Ruido blanco (2012). También es autor del libro de ensayos híbridos Idioteca (2010). Como escritor ha realizado la dramaturgia de la obra de danza contemporánea Fronteras, fue el autor de la columna de crónica deportiva Fiebre Mediterránea y es crítico de libros en la veterana revista Quimera; igualmente colabora de vez en cuando con la prensa escrita con artículos de opinión política y social. Ejerce como profesor de secundaria en el IES El Parador y participa activamente en diversos movimientos sociales. Mantiene el blog raulquinto.blogspot.com

La poesía de Raúl Quinto ha sido galardonada en varias ocasiones, obtuvo el premio Andalucía Joven en el año 2004 con su libro La piel del vigilante, un libro que en su naturaleza resulta curioso por estar basado en los personajes de Watchmen, un comic de los años ochenta considerado por los expertos en esta materia como el mejor de la historia. Raúl Quinto camina en la búsqueda de una poesía completa, donde no se marquen límites en cuanto a la temática ni las fuentes de las que parte la belleza, o en palabras del mismo autor:

“Las raíces de mi discurso se enredan en una multiplicidad de géneros, artes y realidades, de la literatura al arte conceptual, del cómic a la música rock, del cine a la Historia… en ese sentido mi tradición es mutante, y si quisiera inscribirme en alguna sería en aquella que potencie las posibilidades físicas de la palabra: si el poema arde debemos sentir el calor en nuestro propio cuerpo.”

La poesía de Raúl Quinto se vale de la técnica y de las formas tradicionales para crear un lenguaje y una unidad estética particular, propia y tremendamente actual. Observamos un predominio de versos polimétricos y de figuras literarias tradicionales, con una atención especial al verso eneasílabo, endecasílabo y heptasílabo, entre otros no reglados, combinaciones que generan ritmos muy musicales y acertados en lo sonoro, a lo que se une el uso de un léxico escogido precisamente en la búsqueda de una sonoridad rotunda, todo esto enfocado a que la composición global del poema produzca un quiebre en el lector, una sacudida o quizás abrir esas Grietas que la palabra produce cuando se utiliza como un bisturí, lo terrible produce una sección que nos conduce a lo irremediablemente hermoso: Para que no se escape ni un dolor,/ para que todos queden/ atados a sí mismos/ como una escala sin origen vivo,/ donde nunca se sabe cuánto tiempo/ se lleva descendiendo ni por qué.

Esta búsqueda de la belleza en lo terrible se materializa de forma más contundente en su libro La flor de la tortura, premio de poesía Francisco Villaespesa, donde Quinto avanza un paso más en esta línea y construye una poesía valiente, que no ve coartado su lucimiento estético por el empleo de elementos no asociados a la belleza en un contexto coloquial, aquí la belleza no está limitada por los prejuicios que implica la asimilación de conceptos a determinadas emociones y el lenguaje construye un nuevo significado que genera esa belleza alternativa e impactante, la palabra se convierte en un elemento constructivo que a la vez deconstruye lo que entendemos por real para crear otra realidad, lo que supone una llamada de atención, una denuncia, una revelación que nos viene dada precisamente por el choque que produce en el lector y por el universo con entidad propia que es capaz de generar. Atendiendo a estos planteamientos recordamos las palabras de Baudelaire que afirmaba “el Mal que se conoce es menos terrible y está más cerca de la curación que el Mal que se ignora”, en el caso de Quinto podemos decir que desnuda de prejuicios los conceptos asociados al mal y se vale de ellos para generar una belleza nueva: La música es materia:/ el canto del arpón/ atravesando el pecho de la sirena;/ La partitura ciega/ de las arañas/ tejiendo en nuestros labios,/ el uno contra el otro,/ como en un beso/ donde no hubiera más salida/ que respirar a dentelladas.

El uso de la imagen destaca en la totalidad de La flor de la tortura, la contraposición de sustantivos fuertes con radicales connotaciones negativas acompañan o se asocian a otros que en la comunicación normal serían absolutamente incompatibles, conformando un lenguaje sin limitaciones que se abre a nuevos conceptos y también a nuevos efectos en el lector, es precisamente de esa confrontación de la que parte una comunicación que obliga a generar un pensamiento distinto a través de la lectura: Existe un puente entre el dolor/ y la belleza, una flor de óxido/ que entierra sus raíces/ en las agujas hipodérmicas./ Las correas que atan./ El brillo en las hebillas./ La inyección./ Y tú. La crisálida ya rota.

Esto provoca un disentir de los prejuicios heredados a través del lenguaje y en consecuencia genera un pensamiento libre, distinto y desligado completamente de ataduras e imposiciones, digamos que aquí la poesía se rebela contra lo establecido y hace una llamada de atención importante a cualquier forma de conducción del pensamiento, esto lo definiría Walter Benjamin en alusión a la obra de Baudelaire pero que es perfectamente aplicable al caso que nos ocupa: “El poema es para él, el único ámbito donde puede decir ‘quiero’ o ‘no quiero’.” O en palabras del propio Raúl Quinto: “En la primera de sus Elegías de Duino, Rilke escribe que “lo bello no es sino el comienzo de lo terrible”, justo en ese límite es donde deseo situar mi poesía, transitando por el límite entre la belleza y el horror. Las zonas menos gratas, los ángulos más oscuros de la existencia mostrados al lector con voluntad de choque, para que la colisión les abra los ojos a una realidad velada por las luces y el ruido de la sociedad post-industrial.”

La alusión a Rilke es muy significativa, este referente nos indica de forma clara el posicionamiento de Raúl Quinto frente al verbo o la palabra en relación a la construcción del lenguaje. Decía Rilke que el verdadero poeta debía asumir la muerte del verbo, pero esa muerte alberga un sentido que trasciende el concepto de fin y lo posiciona en el concepto de cambio, en el caso de Rilke el cambio se produce desde el germen de la emoción propia que se genera en la soledad y en lo terrores propios asumidos en el marco de la noche y la incomunicación deliberada del entorno, y aunque encontremos esta conexión que nos lleva quizás al mismo fin, en el caso de Raúl Quinto la posición es externa, él mismo nos indica: “no creo que haya una equivalencia entre el estado de ánimo y la escritura ni que haya que establecer ningún vínculo, como si uno fuera reflejo del otro. Es más, mi opción es la de una total asepsia emocional a la hora de sentarse a escribir, para evitar precisamente que pueda haber contaminaciones en el proceso creador”.

Estamos ante dos arterias que confluyen en pulsos parecidos, pero logradas desde dos ángulos distintos, diferencia que posiblemente nos venga dada, entre otras muchas cosas, por el contexto sociocultural tan extremadamente distinto en el que los dos autores desarrollan su obra.

En el poema “Cámara oscura”, Raúl Quinto termina con este verso sentenciador:

La belleza es la muerte, un planteamiento que ya apuntaba en el S.XIX un poeta alemán prácticamente desconocido llamado August Von Platen, poeta en el cual se inspiró Thomas Mann para la construcción del personaje central de La muerte en Venecia, él lo definía así: “Quien con sus ojos la belleza ha visto está ya entregado a los brazos de la muerte”. El estilo de ambos poetas se sustenta en parecidos pilares, ambos usan las formas clásicas, conocen la métrica y los recursos literarios tradicionales y además están altamente influenciados por las artes visuales, Von Platen comienza a escribir deslumbrado por la pintura de Tiziano, Tintoretto o Veronés; en el caso de Raúl Quinto él mismo manifiesta su cercanía con la pintura y otras artes visuales, además de su condición de historiador del arte, que ineludiblemente imprime una visión multidireccional del texto y al mismo tiempo enriquecedora.

Este es un fragmento del poema “Tristán” de Von Platen: Aquél que ha alcanzado el dardo de hermosura/ entre cuitas de amor arderá para siempre./ Ah, deseará secarse como los manantiales,/ aspirar un veneno en cada soplo de aire/ y la muerte adorar en cada flor,/ aquél que con sus ojos ha visto la hermosura/ deseará secarse como los manantiales.

Y este es un fragmento del poema “Cámara oscura” de Raúl Quinto: son las mismas pupilas/ descendiendo/ hasta el no más allá / de tu aliento,/ el mismo corazón decapitado/ latiendo sin sentido/ sobre la mesa del quirófano,/ pero tú eres otro./ En la frontera de ti mismo/ Te acercas y me dices:/ Es la caligrafía del dolor quien/ nos escribe,/ mira mis ojos y encontrarás un túnel para el odio./ Miro tus ojos y comprendo.// La belleza es la muerte.

Encontramos las mismas conclusiones dos siglos más tarde, la muerte como manifestación absoluta de la belleza, el abandono de lo detestable, de lo asumido; en definitiva, una lucha por la libertad de crear y recrear desde las mismas entrañas de lo que nos asusta.

El último poema del libro, llamado “La ebriedad de Houdini”, nos lleva al ilusionismo, al escape, a esa forma de evadir el ser en las sensaciones llevadas al extremo, a la recreación de un espectáculo en donde el observador es partícipe en la misma medida que el escapista y cada uno tiene la libertad de sostener su miedo y su belleza propia, poesía que desmiente los tópicos y crea lugares en los que se puede ser otro dentro de uno mismo.

Sara Castelar Lorca