Riesgo y palabra: poetas venezolanas actuales

By | June 30, 2014 at 5:10 pm | No comments | Poesía

María de los Ángeles Ruiz (Caracas, Venezuela, 1986). Licenciada en artes, mención cinematografía, egresada de la Universidad Central de Venezuela, con maestría en escritura para televisión y cine de la Universidad de Barcelona, España, becada por el CNAC. Guionista, productora y directora del cortometraje de ficción La Pecera 2008. Su cortometraje Des(pecho)trucción, fue seleccionado en la convocatoria de proyectos cinematográficos del C.N.A.C. en 2011. En el 2011 con su poemario Putas metamórficas ganó la Bienal de literatura José Antonio Ramos Sucre.

De Putas metamórficas

 

Puta

Cuando sea grande quiero ser una puta.

Tener el clítoris gastado y calloso.

Sentir que se me enredan los labios flácidos y lánguidos de la
vagina con las estrías de los muslos.

Quiero tener todo tipo de enfermedades venéreas: todas las
verrugas, chancros, infecciones, herpes y demás padecimientos
genitales (al SIDA, se le reserva el derecho de admisión).

Quiero que las tetas me lleguen al ombligo por tanto amasijo.

Que las carnes, mis carnes, no se estremezcan ni siquiera con el
contacto de una descarga eléctrica.

Quiero tener la lengua y la boca secas, agrietadas (como una gata
callejera con anemia).

Quiero que los ojos se me apaguen de repetición e insensibilidad.

Quiero adosarme al rostro una mueca de placer ficticio,
una mueca exhibicionista que trascienda las camas y los ataúdes,
que salga a pasear conmigo por los centros comerciales, por las
avenidas, por los parques, por las estaciones de tren.

Entonces, cuando te encuentre, después de tanto andar y tanto
fingir,
borrarme el entumecimiento de la expresión con un poco de
agua y jabón.

Mirarte a los ojos y amarte.

…Y quiero, por encima de todo, que cuando te vayas no dejes ni
un centavo, ni una colilla de cigarro, ni siquiera el vago recuerdo
de tu perfume o la reverberación de tu voz ausente.

 

A Ella(s)

Las amo a todas.

A las de labios gruesos y caderas infinitas.

A las de clavículas pronunciadas y piel canela.

A las ariscas como las gatas pero,

temblorosas y frágiles como el flan

A las masculino-femeninas

A las femenino-masculinas

A las cobardes con uñas…

a las valientes silenciosas.

Considero sus lágrimas como si fueran las mías propias.

 

Sus sonrisas evocan momentos fugaces y heroicos

y los suspiros

son el único puente que nos une con la otra del espejo.

Cada mirada azarosa a un punto inexacto del espacio, cada

sorbo de saliva espesa,

sedimentada en la boca, que duele, que quema

y raspa cuando baja por la garganta y que,

quema aún mas

cuando llega al estómago y se mezcla con la bilis, con la cerveza,

con el yogurt y los

chococrispis.

Admiro cada fotograma del movimiento que les toma

incorporarse en la cama cuando se pensaban muertas,

sus dientes apretados dentro de la boca para evitar desenroscar

la lengua y la voz

y la lengua y el veneno y el reproche y la lengua y la voz

 

Admiro cada amago cercenado

 

Admiro también,

el sonido de los platos inocentes contra las paredes blancas y los

pisos de baldosas

sus gritos siniestros que se confunden con las alharacas de las

guacamayas

sus ojos hinchados, sus pelos alborotados y sus hematomasnerviosos-

casi-lunares

los nudos barro

cos y grumosos que se tienden, a veces, entre el

estómago y los demás órganos.

sus manos y vaginas hacedoras de mundos y seres, de mitologías,

de criaturas, de nidos, de abundancias y de ausencias.

…Aunque no estén correctamente configuradas

y se redesconfiguren con cada sol y cada luna

(y cada estrella / y cada brisa de ventana de doce de la noche / y

cada carro que se aleja por la autopista)

Aunque les falten piedras en el pecho y en el útero

Aunque les falte resequedad en la palma de la mano

Aunque se desinflen como los globos y se vayan volando

Aunque se desangren más de una vez al mes (más de una vez al día)

Aunque se entierren en la superficie y se ahoguen en los vasos

sin agua.

 

III

Esta gente tiene algo de ají dulce
(en la sonrisa, en los pies, en las caderas)
de corazón caliente por el aceite de las ollas, por el sol
por el ron.

Esta gente no se mira en el espejo,
tienen el mar plateado sin deformaciones, sin bordes de madera
fronterizos:
se miran en la orilla o en las profundidades y son vastos,
infinitos.

Andan siempre pelando los dientes:
como los perros, con sus espumas y sus babas
como las reinas de belleza, sin el silicón y sin la mueca: puro
diente.

Esta gente tiene la escala tonal en el cuerpo
desde el negro, hasta el blanco
a veces, con un salto, o dos
y, a veces, la escala completica.

Esta gente suena cuando camina y camina cuando suena.
Es compendio, antología de cinta magnética sucia, con ruido,
con tambor, con trompeta, con vidrios rotos, con tiros y
ambulancias.

Esta gente te salpica cuando habla,
te baña de inmundicias y te purifica con tabaco y con anís;
te embadurna la piel de identidad socarrona, de carcajada
genuina, de historia mal contada.

Mirarlos es verse las manos;
recorrer todas esas líneas de carne,
pasar la lengua por debajo de las uñas,
comerse todo lo gris que hay debajo.

Hay que tener bolas para oler a ají dulce
y piernas para subir escaleras
y algodones para recoger tanta sangre
beber mucha agua para aguantar tanto sol y tanto llanto.
Hay que reconocerse en sus pupilas y empezar a hablar en
primera persona

 

IV

Dialoguemos, pues
una frente a la otra.
Hagamos de cuenta que no hace falta tanta sinceridad para
decirse las cosas.
Procuremos rozar la epidermis de las palabras con los dientes,
con la lengua
que floten con suavidad mientras son emitidas, que no se
tropiecen con ninguna muela, que no se queden pegadas a
ninguna amígdala
(lo digo por ti, al fin y al cabo yo no tengo amígdalas);
es lo más difícil, que no queden miguitas comunicativas en el
camino.

Empezó siendo una conversación de dibujos en el espejo y
terminó siendo una escena completa, con diálogos, entradas,
salidas y acotaciones (y vestuario…).
Estás del otro lado de los ojos; todavía no sé si te veo desde
adentro o desde afuera.
Habría que armar frases más cortas:
sinteticemos-nos
hagamos hai-ku, más por practicidad que por belleza.
La primera, que parece tan cotidianizable y, a la vez, tan poco
compatible con esto de los ovarios y las trompas de Falopio.
La segunda, perdida en todas partes, sin capacidad de síntesis ni
de brújula.
Perdonémosle al prójimo y, sobre todo, a la prójima, todos los
impulsos lascivos que quedaron fermentando, flotando en esas
cubas mórbidas de las buenas intenciones, con su capita verde
de hongos peludos.

Olvidemos, querida mía,
porque se han dicho demasiadas cosas desde que empezamos a
hablar
y es probable que sobre mucho;
que haya mucho de pasto seco, de polvo de camino, de zancudos
y picadas
en éstas líneas pronunciadas.
Resumamos:
no se sabe, a estas alturas, si es mejor prolongar la inercia o
acuchillarla con un punto de giro.

A lo mejor con ir a la playa y recoger conchitas,
con hermetizar el cierre de la boca
y con un omeprazol —para que la deglución no caiga tan
pesada—
a lo mejor con todo eso se sigue tranquila por ahí:
se camina por sabana grande, se sube al Ávila, se recogen cables.

 

De Alivio (inédito)

La mujer grita

ha gritado siempre

incluso cuando tenía otros apellidos

se ponía otras ropas

y hablaba otras lenguas

 

Se libera en el grito
se exorciza con la garganta ronca

 

Si fuera un poquito más suicida

se echaría todas las culpas encima de los hombros

y las demás

se las metería en los bolsillos

 

Tiene dos espejos pequeños

que le muestran la imagen del otro que no habla

que casi no existe

y casi no duerme a su lado de noche

 

Los espejos

reflejan la luz de la mañana

y la despiertan

reflejan la luz del mediodía

y le da calor

reflejan la puesta de sol

y le da cansancio

 

Le pesan esas grandes tetas

de alimentar espejos

con vidrios destilados

que le rasgan los pezones

 

Ella grita porque le duele algo que no tiene nombre.

 

In – Out

Contigo es sólo el caminar resignado sobre este timeline tan breve, con el in pisándome los talones y el out, aplastándome la nariz contra la cara.

 


 

Cristina Gutiérrez Leal (Mérida, Venezuela, 1988). Licenciada en Educación mención lengua, literatura y latín, Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM-Falcón), donde actualmente trabaja como docente. Tesista de la maestría en Literatura Iberoamericana de la Universidad de Los Andes (ULA-Mérida). Sus trabajos han sido publicados en revistas literarias y portales web de fotografía. Ganadora del concurso de Cuento “Rafael José Álvarez” (UNEFM-2009) y del XXII Concurso de cuento, ensayo y poesía (DAES-ULA- 2011). Es fotógrafa aficionada.

 

Hay mares que llegan con sus olas antiguas

a golpearme el lomo,

a recordarme cuántas mentiras he tenido que decirme

para soportar el ruido de algunos barcos.

 

Esta marea no tiene ojos,

sólo brazos largos para tantear mis orillas

y rasguñarlas de vez en cuando.

 

Yo no sé cómo dividir estos mares.

Cómo llegar a la tierra prometida.

 

Estoy del otro lado,

creyéndome a salvo

engañándome un poco.

 

 

Es éste un lodo antiguo

tenemos su barro sangrando en los talones

hedemos en él.

 

¿qué otro lodo nos librará de la enfermedad?

¿algún día el cementerio nos hará el favor?

¿con cuántos escupitajos pretendes quitarnos esta ceguera, oh, Jesús de Nazareth?

 

 

En ocasiones yo también vuelvo a la infancia

sólo para observar la casa:

esa caja de exilios.

 

 

Quisiera evadir algunas lenguas,

decir que me guardo pura y sin mácula.

 

Me gustaría pensar que no ardo

Pero me delatan ciertos temblores,

ciertas humedades.